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lunes, agosto 15, 2011

La gran muralla


La ciudad que vive actualmente está envuelta de murallas, tiene todos los sistemas necesarios para vivir, alimento, salud, cultura, una economía solida para trabajar, es decir una evolución incalculable para un sistema cerrado, que ha ido evolucionando y aspirando cada vez a más. Para él fue todo nuevo al comienzo, un sistema de trabajo diferente, se adapto a todos los cambios y costumbres, disfruto de la ciudad que vivía, y armonizo con gran positividad todos los desafíos que la vida le presentaba. 

Los días no tenían hora y tiempo, aprendió a obrar la tierra, para saber sobrevivir frente a la adversidad, tuvo a los mejores maestros para reflexionar positivamente sobre sus inquietudes espirituales, aprendió a construir y ser creativo frente a la soledad, con la sabiduría y energía compartió con personas que le ayudaron a crecer y continuar con la libertad.

A veces ayudaba a continuar con la construcción de las grandes murallas que servían de protección para que nadie viera como era la vida ahí. Solo los que estaban afuera leían los escritos de los que vivían en la ciudad, y los que marchaban para no volver contaban las experiencias adquiridas.

Con los años construyó grandes relatos para los habitantes de la ciudad, lecciones para aprender el desarrollo espiritual, a todos aquellos que venían de allá, de afuera, de ese hábitat que muchos olvidaban, que muchos dejaban atrás para crecer y encontrar lo que no podían descubrir y aprender.

Un día se acerco a su maestro para comunicar que su corazón le decía que no quería vivir más ahí, que necesitaba volver a su tierra, que ya había descubierto, aprendido y vivido muchas experiencias, que quería compartir y enseñarlas a los demás. “Maestro aquí todos saben, o creen que lo saben todo, yo quiero enseñar todo los que me has enseñado, aquí encerrado en estas cuatro paredes, no puedo compartirlo, más que continuar enriqueciendo mi alma”. 

Sus inquietudes aumentaban, sus visitas al templo del Maestro eran cada día, para sanar los miedos que aquejaban su alma, pero él escribía, escribía. El día de luna llena, el Maestro se acerca a él y le dice el próximo solsticio marcharas a tu origen. Desde  aquí la alegría y la duda volvían a acechar su corazón.

Regresaría a su lugar de origen, pero habían pasado años donde no sabía nada de su pueblo, de sus amigos de infancia, de todas las personas que siempre tenía en su corazón, su familia. Aquellos que le entregaron los valores sin precio alguno, esos valores que no necesitan lecciones para aprenderse.

Los días se hacían eternos esperando el día del solsticio, el Maestro lo llama y le dice: “Hay que irse cuando llega la hora, no es fácil marchar cuando llega el momento, nadie quiere decir adiós. Ir y venir es la naturaleza de muchas vidas, pero todos pensamos que estamos aquí de manera permanente, y que las cosas también lo están, tanto si se trata de una casa, de las relaciones o de una etapa en la vida. No tenemos idea de que nos traerá la siguiente etapa,  persona o momento. Construimos ideas, creencias, sueños y fantasías a fin de asegurar el futuro. Aunque eso es natural, lo cierto es que en el fondo basamos nuestras esperanzas, temores, preocupaciones y expectativas. No tengas más temor, no esperes nada, solo deja que el día llegue y vive lo que tengas que nuevamente vivir. Cuando pases esa gran muralla, solo lleva contigo la sabiduría y el amor que te servirá de aliado para los nuevos desafios”.


Historia: Syl