El viajero se detiene en su ideal libertario, para introducirse a la sometida realidad, a explorar la ciudad.
El viajero cada instante piensa, reflexiona, se enamora del presente de lo palpable, habla genuinamente de lo tabú y lo propone, se arriesga a crear lo que siente.
Baja de su belleza inusual para explorar la fluidez del tiempo. Ese instante que no se detiene. Camina, deambula por ese cuestionamiento a lo que será y como será.
El hombre propone una nueva forma de vida, de ser y no parecer. Se desviste en la imaginación perpetua libertaria, sin doctrinas, sin ser tan radical.
Su ego, no se conoce, quizás se ha escondido en el espejo de al lado, piensa que no lo conoce, pero en su cuerpo se refleja.
El viajero no tiene destino, continuo en la búsqueda de aquello que le haga sentir el ser, que lo haga enriquecer de virtud.

